viernes, 17 de marzo de 2017

Cascada Cola de Caballo, Ordesa.



Si tienes pensado visitar el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido en los Pirineos aragoneses no puedes perderte su ruta a pie más espectacular: la cascada Cola de Caballo. Apto para todos los públicos, este sendero te transportará por una sucesión de maravillas naturales en el corazón del valle de Ordesa.

La ruta comienza en la pradera de Ordesa. Si viajas fuera de la temporada alta podrás acceder al aparcamiento de la pradera con tu propio coche pero en épocas de temporada alta sólo se puede llegar a través de un autobús que sale desde la pequeña localidad de Torla. No te preocupes porque aunque es un ruta muy popular no te quedarás sin plaza, cada 15 o 20 minutos aproximadamente tendrás un autobús para subir. El precio del billete es de 4,5 euros ida y vuelta.

Una vez en el punto de partida tienes dos opciones. Puedes elegir la opción más popular: realizar el ascenso y el descenso de vuelta por el sendero GR-11 que discurre entre bosques por el fondo del valle de Ordesa. Se trata de un camino de unos 17 kilómetros ida y vuelta, muy cómodo, perfectamente señalizado y sencillo para todas las edades. Eso sí, en época estival está súper transitado así que mucha paciencia.

Pero lo que yo te propongo es una ruta circular. Se trata de realizar el ascenso a la cascada Cola de Caballo por la Senda de los Cazadores, un vertiginoso camino que os llevará muy alto para disfrutar de las mejores vistas sobre el valle. El regreso se hace por la pista que corresponde al GR-11. Observarás el valle de Ordesa desde todas las perspectivas. Sin miedo, es un sendero técnicamente sencillo pero extenso. Para llegar al paraíso hay que sufrir un poquito por lo que yo te recomiendo que no lo dudes y que escojas este precioso camino.



sábado, 11 de marzo de 2017

¿Cuántos árboles hacen falta para proveernos de oxígeno?





En función de la especie y edad del árbol, una persona necesitaría varios ejemplares para poder respirar con el oxígeno que producen.

Los árboles, al igual que el resto de las plantas, se valen de la fotosíntesis para transformar la energía de la luz solar, el agua y el dióxido de carbono –uno de los principales gases de efecto invernadero implicados en el cambio climático– en azúcares y almidones para su uso como alimento. La clorofila, por su parte, un pigmento de color verde presente en las hojas, es la encargada de absorber la luz.

Mientras tiene lugar este proceso, los árboles liberan oxígeno, si bien no todos los ejemplares emiten la misma cantidad de este gas. Esto depende de varios factores, como la especie a la que pertenecen, su edad, el lugar donde se encuentran o la altura a la que crecen. Pero para hacernos una idea, podemos tomar como referencia el sicomoro –su denominación científica es Ficus sycomorus–, una morácea de unos doce metros de altura que produce en torno a 100 kilos de oxígeno al año. En ese tiempo, un ser humano respira aproximadamente 9,5 toneladas de aire. Eso sí, el oxígeno solo representa alrdedor del 23% y, además, únicamente se puede extraer poco más de un tercio del mismo de cada respiración. Esto equivale a unos 730 kilos de oxígeno por año. Por tanto, harían falta siete u ocho árboles, al menos en el caso de los sicomoros, para saciar nuestra ración de gas vital.

En 2015, un equipo de investigadores de distintas instituciones coordinado por Thomas Crowther, un experto en silvicultura y estudios medioambientales de la Universidad de Yale, publicó un estudio en Nature donde aseguraban que el planeta alberga tres billones de árboles, más de 400 por persona. En el mismo advertían que el 43% se encuentran en zonas tropicales y que cada año se pierden unos 15.000 millones de ellos.
Muy interesante.





viernes, 10 de marzo de 2017

El vino tinto protege las neuronas



Un nuevo beneficio del resveratrol. Otra excusa para tomar una copita de vino tinto al día.

Una investigación sugiere otro efecto benefactor de tomar una copa de vino tinto al día, pues un compuesto muy conocido del vino tinto y de algunas frutas como los arándanos, las frambuesas y las moras, el resveratrol, puede proteger nuestras neuronas contra los efectos no deseados del envejecimiento. De hecho, el estudio sugiere que los beneficios pueden ser equivalentes a los de hacer dieta y practicar ejercicio. El trabajo ha sido publicado en la revista The Journals of Gerontology, Series A: Biological Sciences and Medical Sciences.

El estudio, encabezado por investigadores del Instituto de Investigación Virginia Tech Carilion en Roanoke (EE. UU.), se llevó a cabo con ratones con 2 años de edad (lo que en el mundo de los ratones es considerado un 'ratón viejo' pues su vida media es de aproximadamente 2 años) con objeto de descubrir el efecto de este compuesto en las  neuronas.
Muy interesante. 


jueves, 2 de marzo de 2017

COSAS QUE HAY QUE HACER EN MADRID UNA VEZ EN LA VIDA



Que sí, que del Madrid al cielo y tal, pero en ese entretenido camino entre aceras y firmamento hay muchas cosas que hacer. Empezando por estas 53.

1. Aparecer bajo el arco iris de la T4. Perder medio kilo caminando por sus relucientes pasillos hasta la salida.
2. Tentar al esguince cervical observando los gigantes resplandecientes que son las Cuatro Torres. Lamentar que ninguna de ellas tenga un mirador para estar más cerquita de las nubes.

3. Comprobar que los rascacielos ganan en belleza con la distancia y que, desde lejos, dan hasta sensación de soledad, de gigantismo aislado y de melancolía.

4. Preguntarse cómo es que las torres Kio no se caen.

5. Dudar si el Juan Carlos I es un parque con estatuas o unas estatuas con parque. Pasar del asunto con un picnic súper yankee sobre su hierba.
6. Coquetear con quien toque entre las ruinas romántica, ermitas, parterres y laguitos que pueblan el Parque del Capricho. Constatar que sea cual sea el día, la época del año y la hora siempre está precioso.
7. Honrar, caminando por la Castellana, a aquellos edificios que pretendieron ser modernos y que hoy descansan desordenados en ese cementerio de robots que es AZCA.

8. Discutir con un taxista.

9. Tratar de comprender cómo es que el Tour del Bernabéu es uno de los museos más visitados de España subiendo por sus ascensores, bajando a sus vestuarios y rememorando viejas gestas merengonas en sus pantallas.

10. Aprender sobre la vanguardia y la extravagancia en la mesa de DiverXo.

11. Excavar en la noche y encontrar los principales mitos y leyendas de esta ciudad dando tumbos por Malasaña. Añorar la Movida aunque no se haya vivido en las propias carnes y pupilas
12. Saludar a la niña de la Plaza de San Ildefonso. Apoyarse junto a la estudiante de la Calle Pez. Entremedias, tratar de probar todo los gin tonics que asomen por las puertas y no morir en el intento.

13. Brindar con unos ‘yayos’ o vermut en cualquiera de las tabernas míticas de este barrio, sacralizadas y ocupadas por la modernidad.

14. Desterrar cualquier prejuicio tras una noche loca por Chueca.

15. Descansar de todo al alzar la vista y descubrir el azulérrimo cielo sobre los edificios.

16. Bajar zigzagueando por calles como Conde Duque, Corredera Baja de San Pablo o Fuencarral, aceras con más solera y estímulo que cualquier avenida presuntuosa.

17. Reencontrarse con el cine de verdad por Martín de los Heros.

18. Asomarse ante lo que parece el fin del mundo pero encontrarse con otra media ciudad. O lo que es lo mismo, dejar el templo de Debod a las espaldas para agarrarse a la barandilla y fantasear con que todo eso, algún día, “será mío”.
19. Abrir las puertas de San Antonio de la Florida para encontrarse con todo un cielo pintado con frescos de Goya.

20. Practicar turismo viejuno (y con vistazas) montando en el teleférico mientras uno se pregunta ¿qué pasó con el faro de Moncloa?.

21. Pasear por las carreteras postapocalípticas y abandonadas de la Casa de Campo. Circunvalar el lago rememorando los buenos años domingueros mientras se sortean a los ciclistas del anillo verde.

22. Recuperar años de vida y recuerdos de la infancia en el encantador Parque de Atracciones de Madrid. Vencer al vértigo desde lo más alto de la Lanzadera, disfrutar de las vistas únicas de Madrid y acabar fardando con que se ha sobrevivido a la mítica Casa del Terror.

23. Echar de menos a Chu-Lin (el famoso oso panda) mientras se recorren los caminos serpenteantes del zoo.

24. Constatar que Madrid es una ciudad de reyes y presuntuosa recorriendo, estatua a estatua, toda la Plaza de Oriente y los Jardines de Sabatini.
25. Visitar el Palacio Real con la expectativa de encontrarse a Letizia (o a Leonor) tras una puerta. Darse de bruces con la realidad mientras se disfruta de los impresionantes salones donde no faltan la colección de Stradivarius ni los cuadros de Velázquez, Ribera o Caravaggio.

26. Lamentarse de la oportunidad perdida ante la catedral de la Almudena.

27. Bajar hasta las primitivas murallas de la ciudad mientras se escucha la famosa leyenda de por qué a los madrileños se les conoce como ‘gatos’.

28. Emperifollarse para disfrutar de una ópera en el Teatro Real.

29. Comparar Callao con Times Square y que no parezca una locura. El neón de Schweppes es el más bonito del mundo. Y punto.

30. Tragar con el maravilloso eclecticismo de comercios, edificios y viandantes de la maravillosa Gran Vía. Aún así, añorar espacios míticos como el Madrid Rock o el Palacio de la Música.

31. Encontrar un huequito en el Centro para ojear un libro y tomar unos churros en una misma calle: San Ginés.
32. Quedar con alguien bajo el oso y el madroño.

33. Fantasear con una Nochevieja en la abarrotada Puerta del Sol pero sin Ramón García y su capa.

34. Sumarse a la fauna guiri por la Cava Baja, el Arco de Cuchilleros y los soportales de la Plaza Mayor.

35. Engullir un ‘relaxing’ bocata de calamares.

36. Tertuliar, con postureo y posturitas, en el Círculo de Bellas Artes, en el Café Gijón o en los sillones reservados del Cock.

37. Desvelar la existencia de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, uno de los museos más completos y con menos prensa de la ciudad.
38. Concluir que la esquina más alucinante del mundo es Gran Vía con Alcalá. O lo que es lo mismo, el edificio Metrópolis.

39. Perder a un familiar durante las Navidades en el centro. O durante las Rebajas.

40. Sacar la mítica foto de la Cibeles con la Puerta de Alcalá de fondo.

41. Buscar al fantasma de la Casa de América y descubrir que el Ayuntamiento es un sitio entretenido, con exposiciones diversas y hasta un mirador en su tejado.

42. Santificar las terrazas, haga el tiempo que haga.


43. Cumplir con el guión y posar ante la Puerta de Alcalá.

44. Dominguear en el Retiro, entre los pequeños teatros de títeres y los músicos callejeros.

45. Alquilar una barca en el estanque y echar una cabezadita ante la atenta mirada de la estatua de Alfonso XII, la particular tartaleta de la capital.
46. Morir de amor ante el palacio de Cristal donde todo está hecho por y para el romanticismo: patos, estanque y cascadita.

47. Esquivar runners mientras se disfruta de otros rincones del parque como la estatua al ángel caído, el bosque del recuerdo o el paseo de carruajes.

48. Acercarse a la Plaza de toros de las Ventas y tratar de separar su bello continente neomozárabe de su polémico uso.

49. Madurar con un Brunch como excusa.

50. Apoyarse en los kilométricos chaflanes del barrio de Salamanca. Caminar la Milla de oro mientras se babea ante los escaparates.

51. Darle una segunda oportunidad al Museo Arqueológico Nacional, una de las rehabilitaciones museísticas más interesantes de los últimos lustros.

52. Convertir las eses antes de las ces en jotas mientras se baja con orgullo por el eje Castellana-Recoletos-Prado. ¡Y que viva el eJque y el wiJki!

53. Sobrevivir a un verano en su asfalto, con el “Aquí no hay playa” y el manual de buen Rodríguez como acompañantes

 De Traveler.


martes, 21 de febrero de 2017

El Parque Nacional de Aigüestortes



Amanece en el Parque Nacional de Aigüestortes y un agudo grito rompe el silencio de la montaña. En algún punto del bosque, entre la neblina, el urogallo emite su reclamo para atraer a las hembras. Este animal es una de las especies más emblemáticas del parque, en el que encuentra brotes verdes, arándanos para alimentarse y árboles en los que vivir.
El Parque Nacional de Aigüestortes y Lago de San Mauricio se encuentra en la provincia de Lleida, en pleno pirineo, y su nombre "aguas tortuosas", hace referencia a los característicos meandros que dibujan eses en el paisaje. Con sus altas cumbres que superan los 3.000 metros, sus cascadas, sus bosques y sus más de 200 lagos de montaña o estanys, el parque ofrece numerosos atractivos para los amantes de la naturaleza.

En las zonas más bajas, los cultivos y los prados alternan con bosques de hayas, avellanos, robles y fresnos, mientras que en las cotas altas se suceden los bosques de abetos y de pino negro hasta llegar a los 2.000 metros, donde se instalan los prados llenos de flora de alta montaña. Es destacable que un porcentaje muy elevado de las especies vegetales del parque son endemismos pirenaicos, lo que significa que solo se encuentran aquí. En cuanto a la fauna, se encuentran numerosas aves de interés como el quebrantahuesos, el pito negro, la perdiz nival y el águila real.

En el parque hay 25 rutas de senderismo bien señalizadas, con distintos recorridos para adaptarse a todo tipo de visitantes y recorrer los puntos más característicos de Aigüestortes. Además, la ruta 'Pedals de Foc' ofrece un itinerario circular a realizar en bicicleta entre 4 y 6 días que recorre todo el perímetro del parque. Otra ruta similar, pero a pie, es la 'Carros de Foc' o Ruta de los Refugios, planteada en 9 etapas. Los más cómodos pueden disfrutar de bellas vistas de la zona subiendo en teleférico desde el lago de Sallente hasta el Estany Gento.

Para completar el viaje a Aigüestortes con alguna escapada cultural se puede visitar el valle de Boí, que alberga un conjunto monumental de arte románico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Hay numerosos refugios para pernoctar, pero conviene reservar con antelación, sobre todo en verano.

El parque abarca las comarcas de la Alta Ribagorça, el Pallars Sobirà, la Val d’Aran y el Pallars Jussà. Los dos accesos más habituales son desde Boí, por el sector occidental o de Aigüestortes, y desde Espot, que se adentra en la zona de San Mauricio.







domingo, 12 de febrero de 2017

CUENCA DEL ARLANZÓN


El río Arlanzón nace en el Pico de San Millán, a 2132 metros de altitud, en plena Sierra de la Demanda y después de recorrer 131 kilómetros por tierras burgalesas, se une al Arlanza poco antes de que este desemboque en el Pisuerga, pertenecientes los tres a la cuenca del Duero.
Pineda de la Sierra
Una de las primeras localidades que atraviesa es Pineda de la Sierra, un pequeño pueblo serrano a 1200 metros de altura, enclavado  en un espléndido valle rodeado de montañas que superan los 2000, conocido como “El Valle del Sol”, que se puede considerar como uno de los parajes más bellos de la Sierra de la Demanda. Fue repoblado entre finales del siglo X y principios del XI, siéndole concedidos fueros por el conde Sancho García, el de “Los Buenos Fueros”; ya en el 1136, el rey Alfonso VII le concedió jurisdicción de realengo. En sus inmediaciones daba comienzo una cañada que llegó a enlazar con la Cañada Real Segoviana, de ricos y abundantes pastos, origen  de su importante cabaña de ovejas merinas, lo que propició su crecimiento, tanto económico como demográfico, llegando a superar los cuatrocientos habitantes en el siglo XIX.
 El pueblo está formado por dos barrios separados por el curso del río y unidos por un viejo puente de piedra. En el del lado derecho se erigen algunas casas de piedra rojiza, con blasones en sus fachadas, construidas entre los siglos XVII y XVIII, la mayoría pertenecientes a ricos ganaderos. El resto de las casas también son de piedra de sillería, con pequeñas ventanas y tejados de dos vertientes, para evitar l acumulación de nieve, que suele ser temprana y abundante. En 1975 se montó la estación de esquí “Valle del Sol” a la que acudían buen número de esquiadores y aficionados a la nieve. Actualmente ha dejado de ser operativa, aunque se siguen conservando los remontes. Según noticias del Ayuntamiento, se han reiniciado gestiones oficiales para su reapertura. Desde aquí deseamos que dicha iniciativa se vea coronada por el éxito.


El monumento más importante de Pineda es, sin duda, su iglesia románica de San Esteban Protomártir, una bella muestra de la Escuela de la Sierra. Construida posiblemente en el siglo XII, consta de una sola nave de planta basilical, con muros de piedra rojiza de sillería y cubierta con una bóveda de crucería, levantada en el siglo XVI para sustituir la primitiva de madera, rematada por una torre campanario. Destaca la belleza de su galería porticada, con cinco arquivoltas de medio punto a cada lado del arco de entrada, todas rematadas con capiteles decorados con motivos vegetales, destacando las hojas de palmera y acanto. La Iglesia ha sido declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumentos Históricos en el año 1983. También se pueden visitar las Ermitas del Santo Cristo y de San Pedro.
También hubo en Pineda algunas pequeñas explotaciones mineras, en las que se extraía carbón principalmente, además de minerales de cinc, cobre y plomo, que se agotaron muy rápidamente, pero que propiciaron la construcción de una línea de ferrocarril que facilitó el acceso a diferentes pueblos de la zona.

El atractivo turístico de este pintoresco pueblo se completa con la incorporación al incomparable paisaje que ofrece la Sierra de la Demanda y la cuenca del Arlanzón, de dos recientes embalses, el del Arlanzón, que se empezó a construir en el año 1929, siendo inaugurado en el 1933, y el de Urquiza, este más posterior, pues se inauguró a finales de los años ochenta, comenzando a funcionar en 1989. Ambos se construyeron para optimizar el abastecimiento de agua a Burgos y buena parte de su provincia. El de Urquiza, el más grande, se construyó como consecuencia de la insuficiencia del primero, tiene un dique de 56 m. de altura, una capacidad de 75 hm. cúbicos, ocupa una superficie de 313 hectáreas y más de veinte kilómetros de ribera. Bajo sus aguas permanecen sumergidos los restos de tres pueblos: Villorobe, que era el municipio y Urquiza y Herramiel, las entidades menores. El 12 de abril de 1977 sus vecinos se vieron obligados a abandonar sus hogares y sus posesiones y buscarse acomodo en otros lugares. 
Naturalmente el impacto paisajístico ha sido enorme, pero también se puede considera positivo. En las aguas de ambos embalses se puede practicar la navegación a vela, así como los deportes acuáticos, la navegación a vela y la pesca, y en sus riberas se han acondicionado zonas de ocio y de recreo, a las que acuden muchas familias, sobre todo durante los suaves y agradables meses del verano, a disfrutar de una plácida jornada campestre.
Fuente: Burgospedia. 



viernes, 3 de febrero de 2017

mitos sobre el sueño



1. El alcohol facilita el descanso
Esta idea está muy arraigada, pero no tiene base científica. Sí es cierto que cuando hemos ingerido alcohol experimentamos somnolencia, sin embargo, una vez hemos conciliado el sueño, su calidad empeora. La profundidad y el efecto reparador que se produce en el descanso normal se ven alterados porque la bebida reduce la fase REM. En este periodo se registra una relajación muscular total y se presentan los sueños, indispensables para reorganizar nuestro cerebro.
2. Mientras duermo puedo aprender cosas
Con el sueño perdemos nuestra autoconciencia, pero eso no significa que el encéfalo permanezca inactivo. En realidad, está trabajando en tareas fundamentales para procurarnos bienestar. Por ejemplo, en el descanso se fijan los conocimientos que hemos adquirido durante la vigilia. Por eso se afirma que lo más adecuado antes de presentarse a un examen, además de estudiar, es dormir el número de horas adecuado.
3. La cama, el deporte de los vagos
Dedicar tiempo a descansar lo suficiente es la mejor forma de ser productivo. No hacerlo influye negativamente en la manera de razonar y sentir, y también se incrementa la probabilidad de sufrir problemas metabólicos y endocrinos. Rachael Taylor, investigadora de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, ha descubierto que los niños de edades comprendidas entre tres y cinco años que duermen menos de once horas por noche son más propensos a tener sobrepeso u obesidad cuando cumplen los siete.
4. El fin de semana recupero el sueño perdido
Remolonear entre las sábanas el sábado y el domingo para compensar la dinámica de trasnochar y madrugar los días laborales puede tener sus ventajas, como reducir el riesgo de diabetes, tal y como sugiere una investigación realizada en la Universidad de Chicago. Sin embargo, no es una buena forma de equilibrar todo el sueño que hemos perdido, lo que puede acarrear numerosos problemas de salud.
5. Roncar es molesto pero no perjudicial
Los ronquidos pueden convertirse en una pesadilla. Cuando se dan de forma reiterada representan un indicador fiable de los achaques que nos esperan a medio plazo. Por tanto, debe valorarlos un médico. Roncar es un signo, por ejemplo, de la apnea del sueño –las pausas en la respiración que sufren algunos durante el descanso–. A veces, quienes las padecen se despiertan con sensación de ahogo, pero lo más relevante desde el punto de vista médico es que esas interrupciones reducen los niveles de oxígeno en sangre –el ritmo del corazón se altera y esta llega con más dificultad a los tejidos del cuerpo–, lo que tiene a largo plazo efectos cardiovasculares. También aumenta la probabilidad de sufrir accidentes de tráfico, pues el sueño no es reparador y la persona se levanta cansada.
6. Con luna llena duermo peor
La palabra lunático procede de la creencia común de que al dormir bajo la luz de la luna nos comportamos de una forma excéntrica e impredecible. La influencia de los astros también es el motor de la astrología y otras pseudociencias adivinatorias. ¿Tiene alguna base científica la creencia de que el satélite de la Tierra modifica nuestro comportamiento o el descanso? Un estudio en la revista Frontiers in Pediatrics aporta luz sobre el asunto. El científico Jean-Philippe Chaput, del Instituto de Investigación de Ontario Oriental, en Canadá, estudió la correlación entre las fases lunares y el sueño. Para ello, analizó los niveles económicos y socioculturales de 5.812 niños procedentes de los cinco continentes, así como un puñado de factores tales como la edad, el sexo, la educación de los padres, el índice de masa corporal, el tiempo que dormían por la noche, el día en que se realizó la medida, el grado de actividad física y también el de sedentarismo.
7. A quien madruga, Dios le ayuda
El ciclo circadiano es el nombre del reloj biológico interno que controla nuestros ritmos de sueño y vigilia, y está sincronizado con las fases de luz y oscuridad de la Tierra. Salvo por motivos laborales, la mayor parte de la gente funciona con ese ciclo: trabaja de día y duerme de noche. Pero eso no quiere decir que el ritmo biológico de todas las personas sea el mismo: las hay que funcionan mejor por la mañana y otras que lo hacen a última hora del día. En función de esta característica, los individuos se dividen en búhos, que trasnochan y se levantan más tarde; y alondras, que se acuestan pronto y madrugan. Ojo: también hay gente que es neutra. Por otra parte, esta clasificación cambia mucho con la edad. Así, los ancianos tienden a ser más alondras, y los adolescentes, rapaces nocturnas.
8. No pasa nada por dormir con la tele encendida
Hay personas que planchan la oreja plácidamente mientras la televisión funciona o incluso con la luz del dormitorio encendida. Sin embargo, con independencia de nuestras preferencias, es más saludable hacerlo a oscuras. Si no observamos esta medida básica de higiene del sueño, nuestro descanso no será tan profundo como el cuerpo requiere. El reloj biológico está sincronizado con los ciclos de luz y oscuridad, y la iluminación artificial rompe ese ritmo, lo que causa a la larga numerosos trastornos, algunos graves. Por ejemplo, puede afectar al estado de ánimo y se encuentra detrás de numerosos brotes de depresión.
9. La siesta es una pérdida de tiempo
Echar una cabezada después de comer se vincula con frecuencia con ser un vago. Sin embargo, es perfecto para estar más alerta en el trabajo. Por eso, empresas como Google ya disponen de espacios donde sus empleados pueden disfrutar de un sueñecito a mitad de jornada. En función de lo que dure la siesta obtendremos unos beneficios u otros. Una de menos de cinco minutos nos ayudará a combatir la somnolencia, pero si optamos por descansar diez o veinte mejorará significativamente la concentración y la presión sanguínea.
10. El niño que se duerme en clase es un holgazán
A partir de los doce años, los chavales parecen mantas, no hay quien los saque de la cama. Pero eso no significa que sean vagos ni, si ya han cumplido quince o más años, que tengan una vida disoluta. Tienden a trasnochar más y prolongar el sueño porque sufren un retraso de unas tres horas en sus ritmos circadianos. Además, tampoco se les debe reprochar: según los médicos, hasta los veinte años se necesita dormir de promedio entre nueve y diez horas porque el cerebro,en pleno desarrollo, precisa mucho tiempo de descanso.
Fuente: muy interesante