sábado, 6 de junio de 2026

Santuario de Santa Casilda (Salinillas, Burgos)



 Casilda pasó de ser una princesa de Toledo a ser una santa emblemática en las tierras de frontera entre Castilla y Navarra. El entorno mezcla la fe cristiana con ritos que parecen sacados de una antigüedad pagana

Las leyendas medievales suelen quedar atrapadas en densos volúmenes de historia, pero la fuerza de sus protagonistas rompe el paso del tiempo. Esta es la crónica de Casilda, la joven musulmana que desafió el destino de su corte por pura compasión. Un relato de fe, transformación y misterio que hoy revive con la frescura de una narrativa digital.

Y todo en un lugar mágico, lleno de misterio y de curiosidades que convierte a esta parte de la Bureba en un lugar mitológico y esotérico; místico y devocional que se aferra con fuerza a los riscos que alejan los valles donde lagunas y charcos de agua se convierten en fuente de leyendas sin fin

La historia arranca en el Toledo del siglo XI. Allí, el rey Almenón gobernaba con mano firme, pero mantenía una excelente relación con Fernando I el Grande, rey de Castilla. En medio de ese entorno palaciego crecía la princesa Casilda, una joven cuya vida cambió por completo tras las confidencias de una esclava castellana. Ella le descubrió un concepto revolucionario para su época como era la existencia de una «madre inmortal» que protegía a los cristianos y un Dios basado en el amor familiar.

La madurez de Casilda llegó acompañada de la pérdida de su propia madre y de su despertar social. Al pasear por los límites de los jardines reales, los lamentos de los prisioneros cristianos encerrados en las mazmorras conmovieron su corazón.

A pesar del profundo amor que Almenón sentía por su única hija —en quien veía el reflejo de su difunta esposa—, las leyes de la época eran inflexibles. Cuando Casilda le suplicó clemencia para los presos, el rey reaccionó con dureza, recordándole que la traición se pagaba con la vida. Sin embargo, el dolor de un padre pudo más que la ley y terminó perdonándola con una advertencia severa.

El miedo no frenó a la princesa. Guiada por lo que la tradición describe como una bellísima mariposa, Casilda regresó a los calabozos cargada de comida para los enfermos y oro para los guardias. Pero el destino quiso que se topara de frente con su padre en mitad del camino.

«¿Qué llevas ahí?», le preguntó el rey con sospecha. «Llevo rosas que he cogido del jardín», respondió ella, encomendándose en silencio a la protectora de los cristianos.

Al retirar el monarca la falda del vestido para descubrir el engaño, las viandas habían desaparecido. En su lugar, una lluvia de pétalos de rosa cubrió el suelo. El primer milagro se había obrado.

Poco después, la salud de Casilda se quebró drásticamente. Afectada por una grave enfermedad hematológica que le hacía escupir sangre continuamente, la joven languidecía ante la desesperación de su padre.

Almenón mandó llamar a los mejores médicos de Toledo, Córdoba y Sevilla, pero la ciencia de la época se declaró impotente. En un acto de absoluta desesperación, el rey de Toledo envió un mensaje urgente a Castilla ofreciendo todo su reino, sus tesoros y la mano de su propia hija a quien lograra salvarla.

El misterio de Casilda no se entiende sin sus prodigios, esos que desafían la lógica y que han convertido su santuario en un rincón donde lo imposible parece cotidiano. Si nos asomamos al abismo de su historia, encontramos dos enigmas que han sobrevivido al paso de los siglos: el milagro que convirtió el pan en flores y el poder oculto de sus pozos.

Los pozos de la fertilidad: el misterio del agua

Si las rosas son su símbolo, el agua es su fuerza. Tras caer enferma, Casilda viajó al norte buscando las aguas curativas de los Lagos de San Vicente, en la Bureba los pozos Blanco y Negro. Allí sanó, y allí se quedó como ermitaña hasta su muerte.

Hoy, el misterio se concentra en los pozos del santuario, especialmente en el Pozo Negro. Existe una creencia que se pierde en la noche de los tiempos. Se dice que aquellas mujeres que buscan el don de la maternidad y no lo logran, deben lanzar un objeto, generalmente una piedra o una moneda, a las profundidades del pozo.

Si el objeto genera burbujas o responde de cierta manera, el deseo será concedido.

Es un ritual que mezcla la fe cristiana con ritos que parecen sacados de una antigüedad pagana.


domingo, 31 de mayo de 2026

La extraña Virgen de la sonrisa de la Mona Lisa

 


Hace más de un siglo, una talla de la Virgen María apareció tras un muro, escondida en un pueblo de Burgos quizá de los bandidos y con un misterioso personaje cuyo nombre aparecía junto a la talla

La Virgen sonríe en Arraya de Oca. Es una sonrisa leve, casi imperceptible, calcada a la de la Mona Lisa. Una mueca de serenidad milenaria que ha permanecido intacta, a oscuras, mientras el mundo exterior cambiaba de siglo entre el XIX y el XX. El periodista burgalés Eduardo Ontañón escribía sobre este hallazgo en la revista Estampa allá por los años 30. Relataba como en los bancos de la iglesia, una anciana que espera la misa de la tarde la miraba y susurraba, mitad compasiva, mitad asombrada, «Pobrecita. Tanto tiempo escondida y sin decir nada». Es la Virgen de Arraya de Oca.


Pero la talla no necesita hablar. Le basta con esa mirada perdida que, durante generaciones, atravesó el ladrillo y el yeso de su encierro. La figura es imponente en su tosquedad. Los expertos la sitúan entre finales del siglo XIV y principios del XV. Hay algo perenne en su encanto, una mezcla de ingenuidad y gracia depurada en los rostros de la Virgen y el Niño que desarma a cualquiera. Sin embargo, su valor artístico no es lo único que estremece a este pueblo de la provincia de Burgos.

Lo verdaderamente inquietante es el vacío. El silencio absoluto que la rodeaba. ¿Pero es posible que no hubiera ni un solo recuerdo? ¿Ni una leyenda transmitida de abuelos a nietos sobre esta imagen? —le pregunto al párroco, don Manuel Carcedo. «Nada, en absoluto» —responde el cura, un hombre simpático que aún no ha salido de su asombro—. Cuando apareció, «todos nos quedamos maravillados».

Un milagro entre los escombros

Don Manuel recordaba el día exacto del hallazgo con una lucidez casi mística. Había viajado a la capital a pedir, por enésima vez, fondos para arreglar la iglesia, destartalada desde que un incendio la dejó en ruinas. Volvía decepcionado, con los bolsillos vacíos de dinero y llenos de promesas institucionales en las que ya no creía.

Entonces, al enfilar la cuesta del pueblo, los niños le salieron al encuentro gritando, atropellándose las palabras: «¡Don Manuel, que los albañiles han encontrado una imagen empotrada en el muro!».

Al principio no les entendió. Pensé que habrían sacado alguna estatuilla pequeña de entre los cascotes. Pero cuando entró al templo y vio la pieza tan hermosa... creyó que soñaba. ¡Providencia Divina!, pensó. Cuando le faltaba la fe en los hombres, Dios premió sus esfuerzos.

Los albañiles, Félix y su compañero, reviviann la escena con una mezcla de orgullo y respeto reverencial. Estaban colocando una viga en el muro del coro cuando el terreno cedió. «Oye, Félix, que esto está hueco», avisó uno. Al asomarse por el boquete, entre el polvo suspendido, divisaron un bulto. Al estar de espaldas, al principio pensaron que se trataba de un simple cajón de madera vieja. No lo era.


Por fuera, el muro no revelaba nada. El único indicio era una grieta en el coro que el párroco llevaba tiempo observando, convencido de que se trataba del hueco de una antigua ventana tapiada. Era, exactamente, el reverso del nicho donde la Virgen esperaba su regreso a la luz.

El enigma de 1789

Quienquiera que la escondiese, quería dejar constancia de su acto, pero solo para aquellos que supieran buscar. En un trozo de pared recortado y guardado con celo por el pueblo, se conserva una inscripción grabada con lo que parece ser plomo. Una caligrafía perfecta, casi quirúrgica: «Me metió Jacinto Chave».

Justo debajo, en mayúsculas bien dibujadas, una fecha: Año 1789. Los obreros juraban que en el yeso original, tras el nombre, se podía leer otra pista: «Vecino de Rubena».

Aquí es donde el reportaje se convierte en misterio de biblioteca y archivo. ¿Quién era este Jacinto Chave, un hombre de otro pueblo, para encargarse de semejante tarea? ¿Por qué ocultaron la talla en 1789, un año en el que, teóricamente, no ocurría nada turbulento en España que justificara emparedar el patrimonio sagrado? ¿Y cómo es posible que se borrara de la memoria colectiva de los ancianos un secreto de tal calibre?

Las hipótesis flotan en el aire del templo de forma inevitable. El convento abandonado, a un kilómetro de allí, a las puertas del monte, yacen las piedras desparramadas de un antiguo convento franciscano. ¿Perteneció la Virgen a ese lugar? ¿Se la disputaron los pueblos vecinos y este fue el método drástico para asegurar su posesión?

Alguien entre los vecinos apunta otra posibilidad. Por aquella época, los Montes de Oca eran un nido de salteadores y bandoleros. Quizá el miedo al saqueo obligó a levantar el muro. Ocultar tesoros no es una práctica extraña en la zona.

Fuente: burgos conecta

lunes, 11 de mayo de 2026

PINEDA DE LA SIERRA (BURGOS)



Para llegar a Pineda de la Sierra hay que coger la conocida en Burgos como “Carretera de los Pantanos”. Está a 50 kilómetros de distancia de la capital. También desde Salas de Los Infantes, por la carretera que se dirige a Nájera, desviándonos hacía el Puerto del Manquillo.


De Pineda de la Sierra tenemos noticias escritas desde el año 932, a través de la documentación del monasterio de San Pedro de Cardeña, señalada con el nombre de “Pineta” de significado obvio. En este pequeño asentamiento de repoblación, debió de establecerse muy pronto la explotación ganadera pues a principios del siglo XI, el conde Don Sancho le concede fueros sobre el ganado, que fueron confirmados por los monarcas Alfonso VII y Sancho IV. En el año 1287 consigue la exención de impuestos, en toda Castilla, para la trashumancia de 15.000 cabezas de ganado ovino. La ganadería produjo riqueza durante mucho tiempo y eso se refleja en las casonas, casi palacios, construidas en el pueblo. Otra riqueza fue la minería, ya que aquí se explotaron minas de cobre, plomo, hierro, cinc y carbón durante el siglo XIX hasta mediados del XX. Es el motivo de que el ferrocarril minero, hoy convertido en Vía Verde, pasase por esta población camino de Bezares desde la capital burgalesa.

Pero si hay una excusa para visitar Pineda de la Sierra es su iglesia. Bajo la advocación de San Esteban es una obra románica de primer orden dentro de la Sierra de la Demanda. Construida en el siglo XII por discípulos del primer maestro de Silos, es de una sola nave con ábside y torre. Aunque ha sufrido modificaciones a la hora de agrandarla en siglos pasados, conserva todo el esplendor de lo románico en casi todo el edificio. El exterior del ábside contiene tres columnas, que separan los cinco paños,  rematadas con capiteles decorados con motivos vegetales y animales a igual que las tres ventanas que se abren en sus muros. Los canecillos están decorados de diferentes animales y seres fantásticos, aves, vegetales, etc. La torre cuadrada también tiene partes románicas. En lo alto tiene troneras para las campanas.



Otro edificio religioso es la ermita de Santo Cristo, también de origen románico y reformada en los años 90 del siglo pasado. Para acceder a ella debemos pasar por el bonito Puente del Canto, sobre el río Arlanzón. En ella se celebra una romería el 14 de septiembre.




viernes, 8 de mayo de 2026

Se acaba el chocolate, esta puede ser la salvación



Las plantaciones de chocolate y la selva que las sostiene están en peligro, pero hay una solución y está en las rocas

El chocolate, ese placer irresistible cuyo nombre científico, Theobroma cacao, significa literalmente alimento de los dioses, que lleva endulzando nuestra vida más de 5.000 años, ahora está en peligro. Satisfacer la demanda de este dulce es cada vez más difícil, la pasión por el chocolate ha elevado el consumo hasta tal punto que muchos productores se han estado talando selvas tropicales para dar paso a nuevas plantaciones, destruyendo ecosistemas ricos en biodiversidad y carbono.

Los suelos tropicales pierden nutrientes rápidamente por el calor y las lluvias intensas, las raíces de los árboles no retienen bien lo esencial y la acidez del suelo bloquea la absorción de minerales mientras libera toxinas como aluminio o cadmio, provocando que el rendimiento del cacao cae después de unos años, forzando más deforestación.

Ante esta situación, un nuevo estudio, presentado en la Asamblea General de la European Geosciences Union (EGU), propone una solución tan sencilla como revolucionaria para uno de los mayores problemas ambientales del mundo: el uso de polvo de roca volcánica para revitalizar los cultivos de cacao, sanando el suelo que ya tenemos en lugar de seguir deforestando.

La receta para salvar el planeta (y el chocolate): rocas y árboles

La mayoría del cacao mundial lo producen pequeños agricultores que se enfrentan a un rendimiento que representa apenas una décima parte de su potencial. Actualmente, el promedio es de 480 kilogramos por hectárea, mientras que las estimaciones señalan que podrían alcanzarse los 5.000. Una productividad insuficiente que atrapa a los agricultores en un ciclo de pobreza y fomenta la deforestación para obtener nutrientes de suelos recién talados, un fenómeno que se conoce como «renta forestal» y que agota el suelo en apenas 20 años.

Para frenar esta situación, Isabella Steeley, investigadora de la Universidad de Sheffield, propone una estrategia doble: combinar la agroforestería, un sistema de gestión de la tierra que integra árboles o arbustos con cultivos agrícolas y/o ganadería en una misma unidad productiva, con la Meteorización Mejorada de Rocas (ERW), que consiste en esparcir basalto finamente triturado en las plantaciones.

Steeley ha examinado el uso de polvo de roca basáltica en dos sistemas en Brasil, las granjas comerciales de agroforestería y el sistema tradicional de cabruca, un sistema agroforestal tradicional y sostenible utilizado principalmente en el sur de Bahía, Brasil, para el cultivo de cacao, donde crece bajo la sombra de árboles nativos de la Mata Atlántica. Los resultados son esperanzadores.

¿Cómo funciona este polvo de roca?

Se observó que las mejoras en el suelo fueron más notables en las plantaciones comerciales, lo que sugiere que esas zonas podrían ayudar a revitalizar partes de la selva que están degradadas, por otro lado, los suelos de cabruca mostraron una capacidad sorprendente para capturar CO₂.

El polvo de roca volcánica demostró aportar un beneficio triple:

Fertilizante natural y corrector de acidez: los suelos tropicales son ácidos y pobres en nutrientes a causa de las lluvias intensas. Al disolverse el polvo de roca neutraliza esa acidez y libera nutrientes como el potasio, el calcio y el magnesio, necesarios para que los árboles de cacao crezcan sanos y resistan enfermedades.

Captura el carbono: cuando el polvo de roca reacciona con el agua y el CO₂ del aire en el suelo, el carbono se transforma en bicarbonatos estables que terminan almacenados de forma segura en los océanos. Es una forma de remover la contaminación de la atmósfera.

Restauración de ecosistemas: al mejorar el rendimiento en las fincas que ya existían se reduce la presión para talar más bosque protegiendo la biodiversidad local en sistemas como la cabruca. Además, los suelos más sanos producen árboles más fuertes, capaces de resistir mejor las plagas y las sequías extremas provocadas por el cambio climático.

Los agricultores locales están entusiasmados con esta innovación porque puede ayudarles a mantener su sustento. Salvar el chocolate no tiene por qué ser una batalla entre la agricultura y la naturaleza. Al integrar el conocimiento tradicional de la agroforestería con la tecnología del polvo de roca, podemos disfrutar de un dulce que no solo deleite el paladar, sino que también ayude a enfriar el planeta y restaurar los ecosistemas naturales de la Tierra.

Fuente: Quo

jueves, 16 de abril de 2026

La calle de Burgos dedicada a los servidores del Hospital del Rey

 




Esta calle es una de las laterales del Parque del Parral y acceso al antiguo Hospital Militar

La calle de los Comendadores —bien podría ser también de las comendadoras— está dedicada al personal de servicio que tuvo el Hospital del Rey en Burgos. A este grupo de personas que servían a los nobles que se hospedaban en este lugar, a los enfermos y a los peregrinos, que se les conocía como freires.

En puridad, los comendadores eran caballeros que tenían una encomienda en alguna de las órdenes militares o de caballería, con una dignidad superior a la de caballero e inferior a la de gran cruz. Sin embargo, con estas precisiones previas, en Burgos tenían una consideración diferente. Estos comendadores lucían hábito con la cruz de Calatrava y se movían en la órbita del Císter.

Ya en el siglo XV, cuando las peregrinaciones del Camino de Santiago habían decaído tanto, se establece que los freires sean doce y, las freiras, siete. Es a partir del siglo XVIII cuando se exige probar hidalguía para ser comendador. Hasta no hace demasiado tiempo, en algunas de las conmemoraciones todavía se podían vestir estas prendas en determinadas ceremonias, sobre todo religiosas.

A la calle de los Comendadores se accede por la avenida de Palencia, por el parque de El Parral y por las calles de Bernardino Obregón y Parralillos.


martes, 31 de marzo de 2026

La plaza de Burgos de gran belleza que es un icono del Modernismo

 


La plaza de Castilla es uno esos lugares más entrañables que nacieron con el siglo XX. Es una plaza en la que se concitan aspectos de la historia de la ciudad que es necesario desentrañar

La plaza de Castilla es una de las más bellas de toda la ciudad de Burgos. Conforma, junto con el río Arlanzón, el final de la avenida de la Isla, el puente de su mismo nombre y el paseo de la Isla, un impresionante vergel que se ha convertido en parte del paisaje urbano más universal de la ciudad por la historia que guarda.

Rematando la plaza se encuentra el jardín, en el que se observa un enorme jarrón justo en el mismo lugar donde se puso la primera piedra de un monumento al Cid (que nunca se realizó) el 5 de agosto de 1907. Ese florón ha caracterizado la plaza por la que centenares de burgaleses pasa a diario sin reparar en él, pese a ser un elemento urbano de primer orden, obra del autor burgalés Fortunato Julián.

De la plaza de Castilla nace el paseo de la Isla, pero también el puente que da nombre a la región. En este mismo lugar, según indica el padre Carlos Conde en su libro 'Burgos su memoria callejera', se levantó otro puente llamado Puente Girón hoy desaparecido.

En la plaza de Castilla vemos la tapia del Palacio de la Isla, el edificio que hoy ocupa la Confederación de Asociaciones Empresariales (FAE) lleno de historia. Fue un hotel, residencia de oficiales de la Legión Cóndor, un centro sanitario, la sede del sindicato vertical, pero también de UGT, CCOO y CGT.

El edificio fue diseñado originalmente en 1927 para albergar viviendas; sin embargo, sus promotores cambiaron pronto de idea y el diseño del arquitecto Tomás Moliner se adaptó para el establecimiento del Hotel Infanta Isabel, que abrió sus puertas en Burgos en 1929. Poco duró esa denominación ya que con la llegada de la República en 1931 desapareció el apelativo de Infanta y se renombró como Hotel María Isabel.

En las inmediaciones, el antiguo Colegio Niño Jesús y antes Banco de España, obra de Vicente Lam Pérez, hoy un moderno edificio de viviendas de lujo.

A la plaza de Castilla se accede desde la avenida de la Isla, desde la calle Barrantes y tiene salida a calle Aparicio y Ruiz, paseo de la Isla y Puente de Castilla.


miércoles, 18 de marzo de 2026

Calle de Burgos que cambio de nombre

 


En pleno casco histórico, entre calles estrechas y edificios que conservan la memoria de la ciudad, se encuentra la calle Concordia, una vía pequeña pero cargada de significado histórico. Ya antes de la contienda española se llamaba de esa manera. Conecta el entorno de Capitanía, junto a la plaza de Alonso Martínez, con el interior del centro histórico y forma parte del entramado urbano que enlaza el eje de San Juan con el corazón comercial de la ciudad.

Durante buena parte del siglo XX, sin embargo, esta calle no se llamó así. En el callejero burgalés figuraba como calle 18 de Julio, en alusión al golpe de Estado militar de 1936 que dio inicio a la Guerra Civil Española. El cambio llegó al callejero municipal con la entrada del siglo XXI.

El Ayuntamiento de Burgos, presidido por Ángel Olivares, decidió sustituir varios nombres vinculados a la dictadura por otros más neutros, ligados a valores cívicos o recuperando las denominaciones previas al franquismo.

Retirando las referencias al franquismo

Así, la antigua calle 18 de Julio pasó a denominarse calle Concordia, dentro de un conjunto de modificaciones destinadas a retirar referencias directas al franquismo del callejero de la ciudad. La elección del nuevo nombre no fue casual. Frente a una fecha asociada a la ruptura y al inicio de la guerra, el término 'Concordia' evoca lo contrario: la convivencia, el entendimiento y la reconciliación entre los ciudadanos.

La palabra concordia procede del latín concordia, formada por con- (junto) y cor, cordis (corazón). Literalmente significa «unión de corazones»; es decir, armonía, acuerdo o buena relación entre personas. En la antigua Roma, incluso, existía la diosa Concordia, símbolo de la paz social y de la estabilidad del Estado.

A esta vía se accede desde la plaza de Alonso Martínez, la plaza del General Santocildes y la avenida del Cid, así como desde la calle de Jerónimo Merino, actualmente cerrada por el Ministerio de Defensa.

fuente: burgos conecta