La medida trata de
ahorrar entre 300 y 480 kilos de emisión de CO2 a la atmósfera (de ahí el
apelativo de “verde”), sobre todo porque el aparato gasta entre 100 y 160 kilos
de combustible menos. Otra ventaja es que se reduce el ruido a la población en
el último tramo del viaje. Todo ello no representa demasiada dificultad técnica
para los aviones ni para los pilotos.
El “aterrizaje
verde” no implica riesgo alguno y es muy seguro, incluso se realiza en los vuelos nocturnos
de los aeropuertos de Madrid, París o Estocolmo. En cuanto a los tiempos,
tampoco supone un gran retraso dado que el aterrizaje continuo solo demora uno o
dos minutos.

