Perseguido por Carlos I por camuflar mensajes clandestinos en la Biblia, Francisco de Enzinas protagonizó una fuga carcelaria de película y hoy los filólogos le atribuyen la cumbre de la picaresca, El Lazarillo de Tormes
Pocos rincones de la ciudad encierran una paradoja tan sobrecogedora como los muros de piedra de la iglesia de San Gil Abad. Alzada en el corazón del viejo barrio alto de los mercaderes de lana, la parroquia fue la cuna espiritual y la vitrina pública de los Enzinas, una dinastía que encarnó las dos caras más drásticas de la España del siglo XVI: la devoción más ortodoxa de las élites imperiales y el estigma de la herejía protestante ardiendo en la pira inquisitorial.
Hay nombres que se los traga la historia o los prejuicios como si nunca hubieran resonado en la piedra de la Cabeza de Castilla. Nombres envueltos en un manto de conspiración, silencio y ceniza. El 1 de noviembre de 1518, mientras las campanas de la ciudad sonaban a muerto en la víspera de Todos los Santos, venía al mundo en Burgos un niño destinado a desencadenar una de las tramas heterodoxas más deslumbrantes y perseguidas del Imperio de Carlos I; nacía Francisco de Enzinas.
¿Quién era realmente este burgalés?
¿Quién era realmente este burgalés al que algunos terminaron llamando el 'Lutero español'? Nacido en el seno de una adinerada dinastía de mercaderes de lana —con capilla propia en la parroquia de San Gil—, su destino parecía trazado entre albalaes, vellones y rutas comerciales hacia Flandes. Sin embargo, bajo la superficie de la pujante burguesía imperial, operaba una red sutil de pensamiento prohibido.
Enzinas apenas pasó 17 años en su cuna burgalesa, pero llevaba la impronta de una sombra insigne: como fue la de su pariente Pedro de Lerma, canciller de la Universidad de Alcalá de Henares y seguidor de Erasmo de Róterdam, acorralado por la Inquisición tras arriesgarse a enseñar verdades incómodas.
Enviado a Lovaina, Brujas y Amberes para proteger los negocios familiares, Enzinas no solo abrazó la erudición; se sumergió de lleno en la red secreta del humanismo reformado. Junto a otros paisanos olvidados —como Francisco de San Román, el briviescano que terminaría ardiendo en la hoguera—, el joven burgalés cruzó la frontera invisible entre la devoción romana y la rebeldía teológica.
La palabra prohibida de Enzinas
En Wittenberg, bajo la tutela de Melanchthon —mano derecha de Lutero y quien llegó a referirse a Enzinas como su alma—, el burgalés de San Gil consumó la proeza: traducir por primera vez el Nuevo Testamento al castellano directamente desde el griego original. Corría 1543 cuando la obra vio la luz. Pero la Inquisición y los espías del rey Carlos no tardaron en rastrear las imprentas flamencas. El libro contenía un detalle sutil, un mensaje en clave que despertó la paranoia del Santo Oficio. En la portada original se leía:
'Nuevo Testamento de nuestro Redentor y SOLO salvador Jesucristo'. Aquella palabra —solo— era el estigma de la salvación por la sola fe. Advertido del peligro políticamente incorrecto, la edición tuvo que ser rectificada velozmente, mutilando el vocablo de los ejemplares posteriores.
Cuentan las crónicas clandestinas que algunos volúmenes viajaron escondidos en fardos hacia Cambridge y depósitos familiares en Flandes, burlando el fuego purificador de las hogueras inquisitoriales.
Archivos y epistolarios
Pero el verdadero misterio de Enzinas va mucho más allá de su traducción sacra. En los archivos y epistolarios yace el rastro de un proyecto gigantesco: durante 15 años trabajó en secreto en la primera gran Biblia en castellano. En 1551 llegó a firmar un contrato exclusivo con el grabador Franz Oberriter para confeccionar 600 xilografías que ilustrarían el monumental texto.
El proyecto quedó truncado repentinamente en 1552, cuando la peste se llevó a Enzinas con tan solo 34 años. Manuscritos e ilustraciones desaparecieron en una nebulosa de impresores sospechosos como Oporino, Bictor, aunque algunos grabados reaparecieron milagrosamente casi un siglo después en una Biblia católica impresa en Colonia en 1630. Eruditos de la talla de Carlos Gilly sostienen que, de no haberse evaporado, esa obra habría sido para el idioma español lo que la Biblia de Lutero fue para el alemán.

No hay comentarios:
Publicar un comentario